8 de febrero
Domingo IV
Is 58, 7-10 No te cierres a tu propia carne.
Ahora la traducción dice no te desentiendas de los tuyos. Igual ha ganado literalidad, pero ha perdido la fuerza de tu profecía, de tu mandato, de tu ser volcado para los pobres. No te cierres a tu propia carne, nos dices, porque tu carne es carne mía, habitada por mi espíritu. Así es la carne de tu hermano emigrante, pobre, sin techo, hambriento, sediento, en la indigencia, en la marginalidad. Carne divina.
